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La Enmienda 159 en Francia y la defensa del psicoanálisis en todo el mundo.

Hace poco finalizó el último intento de desacreditar al psicoanálisis, y de impedir el acceso a un tratamiento psicoanalítico (como hasta ahora se viene dando hace décadas) a aquellos que así lo quieran o lo necesiten. Me estoy refiriendo a lo que sucedió en el Parlamento francés con la llamada “enmienda 159”. Frente a esta barbaridad, las respuestas no se hicieron esperar y decenas de psicoanalistas, así como asociaciones de padres, dieron batalla en rechazo a la propuesta. En este sentido, es mi idea aquí recoger los principales argumentos que se dieron y sus contundentes respuestas. Porque el psicoanálisis parte desde una lógica de lo singular, y a pesar de contar con un objeto de estudio, un método y un corpus teórico inmenso, no tiende a la sistematización de los datos, pero vaya que hay cientos de libros que demuestran la eficacia y los efectos del tratamiento psicoanalítico. Entonces, más allá de la molestia inicial, hay que agradecer estos embates, porque promueven que los psic...

Resonancias pandémicas




La urgencia subjetiva es lo “que aparece como una ruptura en la linea del tiempo, saca al sujeto de sus rutinas, y lo fuerza a elaborar una nueva relacion con lo real”, nos dice Ricardo Seldes en su libro La urgencia dicha. Como pensar entonces estas palabras, frente a la epidemia de coronavirus que genera las más variadas respuestas, desde a quienes se les despierta un estado paranoide y son ultra cuidadosos en exceso, consumiendo vorazmente toda la información disponible, encontrando en el siguiente articulo la posible salvación o el argumento para odiar al otro distinto, que deja de ser prójimo para convertirse en un completo extraño.

En el otro extremo tenemos a quienes tratan de seguir su vida como si nada pasara, aprovechando que es verano y no tienen que trabajar, se van a hacer playa al este, eligiendo nadar en la peligrosa y egoista ignorancia. En el medio estamos la mayoría, quienes tomamos todos los recaudos y cuidados, con más o menos miedo, con más o menos angustia no solo por nosotros mismos, sino fundamentalmente por los más “vulnerables” que podamos tener a nuestro alrededor.

En estos últimos días, he observado el progresivo detenimiento de las actividades, propias y ajenas, reflejado por ejemplo en los ómnibus que pasan más espaciados en el tiempo, con menos personas, (apenas viajan 3, 4, 5), sentadas bien distantes unas de otras, mirando fijamente hacia afuera, lo más cerca de la ventana. Muchos ómnibus se desplazan sin prisa, absolutamente vacios, solo con su conductor, generando una sensación de extrañeza.

En la era de mayor acceso al conocimiento en toda la historia de la humanidad (por volumen y rapidez), nos enfrentamos a una paradoja: ¿como hacerle frente a la constante invasión de (des) información?

¿Apagando la televisión donde pasan horas y horas con el minuto a minuto del avance del virus y sus efectos devastadores?

¿No entrando en las redes sociales, donde cada uno comparte lo último que circula, y que se contradice con el otro, con soluciones muy diferentes, incluso entre profesionales del mismo área?

¿No viendo los mensajes de los grupos de watsapp que “viralizan” cualquier contenido por más banal, equivoco, falso o violento que sea, generando mayor desinformación, y sobre todo saturación?

En momentos de reclusión, los “medios de comunicación” pueden ayudar a paliar el aislamiento, pero vemos que en manos irresponsables que solo piensan en el raiting o el dinero. pueden generar una ola de terror difícil de combatir, aumentando el miedo lógico frente a esta epidemia y sus efectos. Y si hablamos de efectos, estan muy claros los que el coronavirus puede generar sobre el cuerpo, como nos lo repiten mil veces al día, en donde todo parece reducirse a una cuestión medica, epidemiológica, intentando regular el comportamiento de las masas y que todos actuemos igual, con los mismos cuidados y esta bien. Es necesario cierta dirección y buenos lideres que sepan llevar calma y guiar el barco en la tormenta.

En estos días se ha visto una reducción drástica de la atención en salud mental en cualquiera de sus modalidades (publico, privado, individual, grupal, presencial, etc), en algunas instituciones se llegó incluso a cancelar las consultas, priorizándose únicamente las urgencias y emergencias... médicas y por tanto a la salud física. Pero ¿Que pasa con las urgencias subjetivas en esta época de crisis? Urgencias que también afectan a los médicos, enfermeros, personal de salud en general que trabajan en situación de riesgo y desbordados por la demanda.

Acaso alguien que está angustiado o deprimido ¿puede quedarse encerrado en su casa sin recibir ninguna contención psicológica? Por supuesto que alguna solución hay que dar.

Y sobre todo ¿como atender estas urgencias, cuando no está disponible el dispositivo clásico en el consultorio? Es muy difícil, y en algunos casos es imposible. Por ejemplo en pacientes que no tengan el recurso a la palabra, donde la presencia del cuerpo del analista-objeto los tranquiliza, como es el caso de muchos niños en vías de subjetivación.

Los psicoanalistas lidiamos a diario con lo real imposible de asimilar, o de decir y por lo tanto no retrocederemos nunca frente a ninguna crisis. Buscando en estas situaciones bordear ese abismo, generando algún recorte, algún marco que pacifique, que alivie la angustia.

En estos momentos nos vemos obligados a dar respuestas ultra rapidas, atendiendo las contingencias medicas, económicas y sociales. Esto implica (para muchos) explorar nuevos escenarios, sin la presencia del cuerpo del analista, a través de la atención online, vía skype, video llamada o incluso telefónica. No ya como recurso circunstancial, puntual, sino que por un tiempo indefinido, que se presume no será mucho, probablemente varias semanas.

Espero que lo que se aprenda en esta crisis que no es solo medica, epidemiológica o económica sino también social y subjetiva, sirva para mejorar lo que se tiene y generar nuevos recursos para futuras crisis, dándole el lugar que se merece a la escucha del sufrimiento subjetivo en los planes de salud, asegurándose la asistencia psicológica. Esta más que comprobado que aun en las peores circunstancias de privación extrema, poder expresar algo es fundamental, y mucho mejor a un analista decidido a soportar lo peor del sufrimiento humano, haciendo de barrera, acotando el sin sentido del goce mortífero.

Es momento de tender manos aunque sean virtuales, manos que sostengan... una escucha analítica. Esta por verse que nuevas formas de relación a lo real puedan surgir de todo esto.

Javier Grotiuz Scarella


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